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8.11.11

Adela, Adrián (fragmento de capítulo 21)



Y ahí te quedaste, en la región fría del pensamiento, junto a los fantasmas, donde de las ideas emanan un aliento vaporoso. Que tu rostro desaparecerá si no lo restaura un arqueólogo. Que el olvido decolorará tus orquídeas. Que las mil risas migrarán con las aves y los antílopes. Que la acacia, en medio del trigo, sola, borrará con savia aquellas iniciales trazadas en su tronco con una navaja robada. Que la metálica luz de la luna, después de jugar con la marea, como lo hace el gato con la bola de estambre, borrará ese par de sombras de los muros. Que será como cuando se enfríe el Sol, ese lapso en el que se apagarán todas las miradas y se irán todos los colores del mundo. Que le venda tu olor al diablo.

Ahora sin la noche, que solía cosechar la ropa interior de los tobillos, y vivía silenciosa en el abismo del interior de tu falda. Sin la noche, envuelta en murciélagos y lechuzas, en su oscura y ciega cacería, como es el deseo, que quiere devorar todo lo vivo, como es la noche.

Hace una sinfonía de tu vientre, como para decir adiós (¿Adela, opus posthumus?). El surco que se inclina a la derecha, por decir algo, son el fagot y los timbales, cuyos ecos se hilvanan como hilos de oro hasta la prominencia de un hueso de la cadera –dos huesos, dos silencios–; el adolorido oboe, es ese liso valle ocre que rodea al ombligo y que hiere todo lo que lo roza –ahí les es lícito pasear a los dioses–, y puedes ver cómo se hunde en la marejada de tu exhalación blanca. Ahora son los cornos, con los mismos retumbos con los que llaman a invadir reinos, dicen poblar tu abdomen de palabras, a escribir ahí una carta de despedida, adolescente, de una tristeza hecha de erratas e ies sin puntos, olvidados de trazar.

Ahora es una red colmada de mariposas que solían ser un lenguaje privado, de arrumacos y perverso. Una plática que comienza a fallar y acaba con la mano cubriendo el lado derecho del rostro, en la soledad del sillón, en el silencio ahí, con el tiempo barriendo la vida y disimulando como alguien incómodo en medio de una discusión.

Y el día empezará violado y tenderá a plomizo, y de nuevo eres una espiga parda en la acera –ya desprovista de olor–, de hombros desnudos, con esa cicatriz innata en el derecho, en forma de rasguño (¿roce?), como la marca que dejó alguien de quien escapaste en otro mundo para nacer. Comprarás un café hirviendo y lo beberás en el camión mientras las estaciones repletas te torturan el alma. Buscarás un rastro en los lugares donde caminaron juntos, las cosas se vuelven sagradas: una colilla de cigarro triturada, el ticket de las cervezas; preguntarás algo en voz baja a las constelaciones que el amanecer va desvaneciendo. Sentirás que algo se robó el día de ayer, que el aire se llevó el antier, que no hay pruebas de la vida pasada, de hace minutos, cuando se cerró la puerta y cada quien caminó en sentido opuesto. Te estremecerás de que nada haya sucedido. Ahí, en la desnudez del presente, seguirás buscando mientras la gente pasa y te golpea los hombros, y te sacude.

22.1.11

Glenlivet / 12 años

Autum Music 1, Max Richter (escúchese mientras se lee)






Apenas podía detenerme, escuchaba cada palabra, pero pasa una ambulancia con su escandalosa muerte y te haces para atrás en la acera. Pateé una piedra sin atinarle y me quedé mirándola inmóvil: "Nunca vas a dejar de gustarme", dices. Pero cuando es el momento de hacer vivible la vida me echo para atrás, como tú con la ambulancia, como si fueras la ambulancia dándole un paseo a la muerte por la calle de Campeche. “Me da igual el arte, menos esto que pintaste… ¿te he platicado qué pasa si dos enanas blancas están cerca?”; pero te sirves más Glenlivet de 12 años, y das un trago grande y la tarde de tu alma va arando los campos de malta; hago una ademán en dirección al libro de la mesa del centro –donde tiramos todas las estampas de futbolistas y las quemamos, y el álbum lleno también–. Me das el libro. Te quedaste ojeando una revista en el sillón de terciopelo verde y yo dejé a Houellebecq –“no es tan bueno”, dijiste un día. Te creo–, para mirar el hueco que se hacía en tu clavícula izquierda mientras pasabas de la par a la impar; ese ligero cuerpo tuyo que envuelve tu amor de potro desbocado. Si supiera qué hacer con esto que tengo dentro te llevaría de la mano a ver a los orangutanes de Sumatra y a ese artista africano Koffi Kouakou; él te gusta, y el acelerador de partículas (¿te he platicado qué pasa si dos enanas blancas están cerca?), le podemos dar la vuelta cual partículas elementales… a la tercera exposición de arte a la que quieras ir yo voy al bar y ahí te espero; luego deambulamos bajo un cielo italiano y me robo algunos listones para el cabello… síguela ojeando, no ves que ya es lo único que me queda… pero si supiera qué hacer con esto y volver a lo que antaño bien pudo ser la concepción de un semidios en tu malograda cama –"deja de comprar mierdas antiguas", te maldije un día. Y fumabas.
“¿Te voy a olvidar de verdad?”, preguntaste. Las manos se me enfriaron. Pensé que algo que pintaste como ese cuadro se sentía como a Autum Music 1 de Max Richter, ese tema que repetí 50 veces en medio de la madrugada, para terminar de escribirte algo... se siente igualito a Autum Music 1. Quise darte las gracias… Me tenías de la mano cuando veíamos un barranco inmenso, que se construyó la Sierra Madre como prueba de la naturaleza para demostrar que también puede crear su propia angustia; ahí con los dedos entrelazados, y yo pensaba que así vamos a andar toda una vida pidiendo perdón y cagándola y a abrazarnos con abyecta pasión, y saltar a la hierba tres segundos antes de que pase el tren. ¿Con cuántas acompañantes será así? Una vida entera haciendo un santo carajo; pero son unos pocos minutos nada más, si juntas todos los momentos de tu vida, en los que piensas que un amor así te arrebatará el aliento; y otro perdón y otra vez cagarla y "no te dejaré porque no quiero que no estés aquí, pero de amor ya no me hables. Porque ya no hay nada de eso" y el miedo y el infierno.
No es posible estar sin ti. El momento en el que todo terminó, tan trascendente como el instante en el que sientes que explotarás de amor. “Me encanta tu falda, me la quiero poner”, te dije hace apenas un mes; “hay belleza de la que no te puedes apropiar”, respondiste. “¿Cómo le hago para ser tú? Eso me tranquilizaría”.
Dejé Las Partículas Elementales, me serví whiskey (todo lo que haces es la última vez que lo harás), te serví… “se blanquea ligeramente más tu piel cuando comienzan tus pechos. Esa camisa en “v” lo demuestra casi matemáticamente”… Pero ya no quería ponerme la camisa en “v”, ahora quería no saltar cuando viniera el tren. ¿Está en el tiempo el momento en el que del amor –la absoluta amistad– pasas al desagrado, cancerbero del odio? “No sé cómo va a ser sin ti.” “Ni yo, y lo digo más por el espacio, por el karaoke, por los peces –¿me los quedo?–, por los orangutanes de Sumatra, tus letras, por la malta, los pigmentos, que por ti”; “La conmoción ante la estampa que no tenemos, que tú sí comprendes el enigma del mar, tu silla coja, el espanto ante Fábula del Greco, el efecto del otoño en tus ojos –¿seguirán lloviendo diamantes cuando llores por algo que te hice?–. Mañana ya no existirá este día.”… “Se aniquilan”, dijiste, “dos enanas blancas juntas se ahogan y queda una”.

28.4.10

La balada del hombre abandonado

Escondí en la niebla todas las veredas por las que pudieras correr y le robé a Lisboa los pillos que venden droga. Inventé el algoritmo que dejará el último pétalo de todas las margaritas en no me quiere. Hundí un petrolero en tu pecera.

Creé una raza de artistas inmune a tu espalda arqueada en el verano, a la sombra de tus pestañas a las 6:37 de la tarde, a tu boca entreabierta cuando lees a Brecht y al horror rubio de tu torso desnudo. No habrá sinfonías para la tenue asimetría de tus incisivos.

Maduré cada manzana para que no seas malvada y pisé a cada duende para que no puedas dormir. Recolecté yesca para encenderte un infierno y patenté tu ensoñada caligrafía para encontrar los rasgos del amor en todas tus cartas.

Al final del arco iris encontraste piedras y ningún zapato te quedó; meto el viento en mi cabeza cuando cruzas en otoño la calle; amanecí convertido en insecto cuando fuiste por tu caja de pertenencias. Le puse dentro a tus cosas cuando te despistaste con la libélula.

Construyo guetos para las flores, hiervo un sol para París y en la tarde borro las lluvias de estrellas de los calendarios; el sarcasmo en la conversación de madrugada, y le hice al cielo de tu playa favorita un hoyo sin ozono.

Así me quedé todo el día, desayunando lo bello y amarrándole hilos a las mariposas para espantarlas y que se llevaran el mundo.

19.2.10

Publicación de fragmentos de la bitácora de Julio de Grunos con el ánimo de dilucidar un misterio.

En la bitácora del naturalista Juilo de Grunos, describe un extraño padecimiento en uno de sus viajes por la zona del Mediterráneo:


Día 145
“Perseguimos el trayecto de un peculiar artrópodo para lograr reunir muestras de su nido y hábitat. No me atrevo aún a bautizarlo por falta de conocimiento sobre su naturaleza, no obstante, de qué modo ha despertado la atención de Gabriel y mía, al punto de recorrer territorios reservados para la milicia, en donde abundan hombres que devoran carne humana y bestias que hacen parecer a la Esfinge una creación de los Pigmeos.”


Día 157
“Nos hallamos a orillas del río Janto, en Asia Menor. Hemos suspendido momentáneamente la búsqueda. Fui picado por un Culicidae hace dos días. Me encuentro débil y cansado.”


Día 160
“La fiebre va y viene. En el día sólo tomo agua. La comida la vomito y en la tarde viene la fiebre y me ataca hasta hacerme temblar como una hoja. Gabriel se aterra al verme delirar y sucumbir en las pesadillas. Me mete al río helado y después duermo dos horas.”


Día 162
“Con absoluto conocimiento de que me espera un juicio final protagonizado por un Dios encolerizado, decepcionado y que censurará mi entrada al Paraíso, la muerte esta noche me parece el escenario más reconfortante.”


Día 166
“La fiebre se ha ido. Ayer todo apuntaba con seguridad a mi deceso. Gabriel estaba desesperado por no hallar ayuda a la redonda. Hoy me encuentro escribiendo estas líneas mientras saboreo un pescado del Janto. El primer pedazo de alimento en diez días.”


Día 175
No es tan complicado, como lo es para la religión, encontrar el Santo Grial en la ciencia; sin embargo, nuestro vellocino de oro, ha desapareció; se lo tragó este valle como lo hizo con las civilizaciones que lo adornaron en el pasado. Nuestro mosquito desapareció, no hay rastros de él. Respecto a mi padecimiento, hace días que no tengo síntomas, por lo que no temo a equivocarme al decir que estoy curado. No obstante, el calor del lugar me provocó una pesadilla terrible, cuando desperté y me lavé la cara puede ver, en el reflejo del espejo, un castaño entrando con todas sus ramas dentro de mi tienda; se inclinaba y se introducía como le era posible; pude escuchar el crujir de sus ramas, el roce con la tela de la tienda y un sonido sordo que provenía del interior del tronco. Cerré los ojos y al abrirlos el árbol estaba fuera de la tienda, en su lugar habitual; no obstante, no pude sentirme aliviado de mi alucinación por mucho tiempo: El suelo dentro de mi tienda está cubierto por hojas de castaño.”









* Aquel fue el último fragmento que Juilo de Grunos escribió en su bitácora. El cuaderno fue entregado por Gabriel Alcasio, su discípulo y amigo, a la ley de Castilla dos meses después. Gabriel regresó solo a la península ibérica alegando que el naturalista perdió la razón días después de “curarse” de la fiebre. En específico fue el día 191, si somos congruentes con el conteo que el doctor llevaba en su bitácora.
Ese día Gabriel lo llevaba con los ojos vendados y cargando, la mayor de las veces, hacia el pueblo más cercano. Citamos textualmente una de las impresiones que Gabriel relata a la policía: “el doctor no podía mirar nada sin temblar y caer el suelo, en todo lo que percibía encontraba horror. Le vendé los ojos y lo sedé unas tres veces en el camino, tal vez cuatro”. La anécdota resulta más oscura al saber que de Grunos no regresó a España debido a que “los hombres del pueblo se llevaron al doctor a la fuerza, como si supieran perfectamente lo que sucedía; eran cómplices mirándose unos a otros con rigidez. Lo llevaron hacia el Norte”.
Las investigaciones continuaron, sin embargo, nadie dio con el paradero de Julio de Grunos. Los rumores relataban brujería y hechizos, por lo que fueron pocos los valientes que apoyaron a Alcasio en su búsqueda. Más tarde todo quedó dolorosamente olvidado. Nosotros quisiéramos tratar de entender qué sucedió realmente y por ello aquí dejamos una pista encontrada en documentos de hace no pocos años.

13.11.09

¿Quién está en peligro de extinción?

En un periódico ucraniano de circulación conocida en europa del este, se publicó una entrevista con Oleksandra Pirev, etóloga de formación, cuyas opiniones tienden a escadalizar a la comunidad científica. En el Infierno son los otros reproducimos una parte de la entrevista arriba mencionada con una ilustración de Francisco Goya, de 1797, que esperamos venga a cuento. Vann
* Garcias a Pipo Retimov por el apoyo en la traducción.










La selección natural está llevando al ser humano a la extinción. La razón es el ardid de la evolución para sacarnos del juego de la adaptación; nuestros genes se están llevando a sí mismos hasta sus últimas consecuencias. Todo lo que cuenta con razón no puede sobrevivir por sí mismo: hace falta la ramita con la que podemos hacer fuego frotándola con otra –y que probablemente no lo consigamos–; la liebre corre como rayo para escapar del león, yo empiezo a correr cuando ya está devorándome. La vida es invivible: la razón surgió hace poco tiempo, aquel monstruo que envuelve al universo y le crea justificaciones; aquella facultad son patadas de ahogado de nuestra especie.
Abundan los velos. Trataré de explicarme. Complejos, dioses, vacunas, estiramientos espirituales en tapetes, vitaminas, religiones, sueros, productos sin azúcar, sin sal, sin grasa, el vacío, productos importados de la nada. Todo enferma, mata. No puedes lamer el piso porque caes muerto al siguiente día.
Los seres humanos nacen en tubos y los hombres tenemos la entrepierna cubierta de látex para evitar morir. El sexo, lo que era una fuente interminable de placer, ahora lo es también de un nutrido catálogo de enfermedades, muchas de ellas mortales. Una especie pierde su capacidad de reproducción y se extingue; nosotros tenemos la razón. Como un perro que domesticamos y después se nos pierde. Cruza la calle y lo mata un camión. Jodimos al perro diciéndole sit todo el puto día.
¿Me expliqué? Estamos desarraigados de todo lo vivo, no sabemos, desde hace tiempo comprendimos y explicamos por qué las cosas se caen y no se quedan flotando, pero no sabemos que hacer cunado las cosas nos caen encima. Un buen aguacero nos puede dejar en cama por días o ahogar nuestras casas. Hace mucho frío, llueve, hace calor. Inadaptados. En la esquina del salón, con orejas de burro en el aula de las especies del mundo; escondidos en las ciudades con chales y bufandas y buscando un lugar para orinar antes de que nos reviente la vejiga.
Pero nadie debe venirme con mierdas de la superioridad de la humanidad y de que ya llegamos a la luna y las bandas anchas y la Fenomenología del Espíritu.
Racionales todos, al borde de la extinción. ¿Recuerdas a Alan Williamson? Él dice: “Cargamos con dos cosas inútiles: el apéndice y la conciencia.”

15.10.09

Seis respuestas sobre una muerte


[Paysage marine, Nicolas de Staël]






1.
Nosotros caminamos juntos muchos kilómetros por las aceras y un río de automóviles iban en sentido contrario a nosotros, sus faros nos iluminaban el alma ebria.


2.
Lo cierto es que yo no recuerdo nada, cuando vienen los recuerdos hago lo posible por evitarlos. Me es insoportable recordar. Cuando lo hago lloro tanto que ya existe un mar que lleva mi nombre.


3.
Habíamos escuchado más de 20 discos. Estábamos acostados mirando a la pared; el último, que no recuerdo cuál era, lo repetimos seis veces. Hablamos todo el día y la noche de Lucía y de lo triste que era la vida a los 17 años.


4.
¿Pero qué más podíamos hacer si teníamos el tiempo encima? Los planes a futuro. Piensas en la respuesta correcta, en la estrategia, en el próximo paso, el plan. Pensar es el perro que espera acostado junto a su moribundo dueño a que muera.


5.
Sucumbimos a los besos de las chicas más feas y a veces de las más lindas. El hecho es que los cuerpos siempre se están llamando; te incitan a pelear, a abrazar, a bailar, a caminar, a mutilar. El espíritu es algo de otro mundo… No, no sé para qué podría servirme.


6.
Intercambiamos el agua por el ron, el aire por el humo y la paz por la guerra. Cometimos miles de errores de los cuales no nos arrepentiremos de la mayoría. Considero que no es posible pensar en la felicidad y en la plenitud, pero puedo asegurarte que él nunca pensó en ellas, sino que las hizo.


6.1
Las cosas no deben medirse por su duración, la vida consiste en dos o tres anécdotas, una de ellas debe ser forzosamente frente al mar. No más.





Dedicado a Jaime Hurtado. Adiós amigo

20.4.09

PROUST Y RELOJES

Ella camina con la mirada clavada en el asfalto, con un vestido dispuesto para los ratos de sol. Él camina con las manos en las bolsas, inmiscuido en un pensamiento que no es suyo mientras una parvada revolotea en la acera. Desaparecen las aves. La chica pasa de largo y el chico la mira. La genética, que baila al ritmo oculto de la vida, y el puñado de sangre que agita al corazón convergen para hacer chica-chico en un instante que pudo nunca existir.

ÉL piensa que Proust es el único que ha podido describir lo que hace el tiempo con el ser humano; ella piensa que un reloj lo hace mejor. Al final vale más la risa y el último trago de licor que descansa en el fondo del vaso. Para la salida en la noche, las hadas retozan en el cabello sedoso de ella y el misterio de la noche envidia la mirada que hay en él.





La plática del bar entre amigos se adereza con el secreto roce de la piel entre chica-chico. La luz del sol está por dispersar la noche y aquellas almas, que ya no reparan en los aguaceros y los peligros que figuran los leones, aún hacen de los arrumacos la excusa para compartir la cama una vez más. Un mundo que encontró su medida en los globos, conciertos desconocidos y garabatos en las servilletas; cocinando las galletas que nadie comería, las faldas y camisas en el suelo, los gemidos disonantes mientras termina el documental de Bergman, libros subrayados y el sueño profundo y compartido en medio de la ópera.

Las fotografías del collage que cuelga en la pared envejecen como el día y el cansancio mengua la risa estúpida y las flores que rellenan el florero. Las montañas más robustas se han vuelto ríos y éstos son los arroyos que vemos secarse. Las papas fritas ya no se acaban antes de terminar la película, es poco interesante la innata sencillez de él y ya no tiene la atención de él los dibujos que ella ha hecho de la nada en el papel; los paseos por la ciudad sin las manos amarradas vuelven a chico-chica en chico y chica. Ella se aleja con la mirada clavada en el asfalto y él camina por el lado opuesto con las manos en las bolsas del pantalón.


[Ilustración. Cecilia]

26.2.09

Federico Álvarez. 1999.

A pesar de que todo el horizonte esté tapizado por el verde, el azul, y los granos de arena sean infinitos; a pesar de la risa humana, a pesar del abrazo y de que afuera haya miles de millones de posibiliades con las cuales poder contar. A pesar de que podría ver incontables veces volar las hojas secas, aguantar más de un minuto la respiración, a pesar de Brahms, de los solsticios, de que podría romper todas las reglas; a pesar de que podré sentarme rodeado de amigos en el parque o que un hijo encantador venga corriendo a mí envuelto en una carcajada. A pesar de eso hoy decido morirme.



Esta carta fue encontrada por la policía de Bogota minutos después de que Federico, de 23 años, haya llamado a la policía para informar su próximo deceso. "Cuando lleguen ya estaré muerto. Pero no quiero apestar el lugar", fueron sus últimas palabras –dichas a una grabadora en la central de policía. Tardaron en contestarle.

La causa de su fatal decisión fue "una garn depresión", dijeron sus padres y su psiquiatra, Alejandro Rico.

19.2.09

Lápiz sobre papel: "Joven sentada en un segundo escalón"

Abandonó el pueblo. Se llevó en una libreta los billetes que fueron el alimento de una minúscula fogata la primera noche en el bosque. La vereda del bosque, como el mismo deseo, le hizo dar vueltas en el mismo punto. La percepción es un chiste. El segundo fuego de la segunda noche consumió la libreta y la tinta de poesía barata que la abordó. Habrá que pensar en algo para no encender fuego por tercera vez. El siguiente día fue de nuevo cómplice de las desventajas que trae el espacio abierto. El tercer fuego era débil como sus piernas. Tomó la imagen de la joven sentada en un segundo escalón que él mismo dibujó: El fuego la devoró y se apagó. La humareda se esparcía entre los árboles y el cielo.

15.10.08

Las luciérnagas de Diácono




Entonces, el dios Pan le habló así a Diácono el campesino:
“Tantos mortales dotados de valentía no hay, y lo que pides no te lo puedo regalar. Te diré un secreto que incluye un menor reto, mas con el conocimiento de aquel, tu destino yo para siempre me lo quedo. Lo que hay en el dios es capricho, así que cada vida requiere un tormento.”

Sabía que ésta sería la última de las caídas. Permaneció boca abajo, con los codos enterrados y mirando fijamente las crueles arenas. Levantó la vista, como suplicándole a su espada que se entierre en su inmundo pecho. Fueron unos segundos de compasión los que la tormenta le regaló a Diácono; corrió hacia la caverna y quedó tendido, en la misma tranquilidad en la que está todo lo inhóspito. Tomó aliento como un recién nacido y su espíritu sonrió.

Diácono no recordaba el tiempo que había pasado de haber caminado por la caverna, su rostro traspasaba a cada paso las tinieblas alimentadas del alarido de los vencejos. De improviso se encendieron miles de puntos verdosos. Diácono tomó cada punto apenas resplandecía. Se había vuelto entretenido guardar luciérnagas hasta que olió el cabello de Acacia y miró los hoyuelos que se asoman en la sonrisa de Dion. Por primera vez se sintió perdido desde que había escapado de la tormenta. Se recargó en la pared y miró una línea cuya finura se extendía por el camino. Tomó el hilo tenso y lo siguió. El ambiente se bañaba de humedad y la roca parecía soltar gemidos vacíos. Se estremeció y acarició el mango de su espada.

Una línea de luz iluminaba una cámara enorme, el sol delineaba las grietas de la roca y encendía cada grano de arena haciendo del suelo un mar de diamantes. El hilo había perdido su tensión y descansaba en el suelo como una serpiente quieta. Diácono permanecía de pie con espada en mano junto a un cuerpo desmembrado y roído por el tiempo. El final del hilo estaba amarrado en el dedo índice del desafortunado. Diácono dejó escapar un gemido y colocó dos corrientes piedras en aquellos ojos nublados. “El griego Teseo”, fue lo que Diácono dejó escapar de sus labios.

Se sentó en una roca y saco un frasco de pintura roja. Pintó con delicadeza el cuerpo de los bichillos que aguardaban en su fardel. Su atención fue interrumpida por alaridos que viajaban por un camino. Comprendó que su viaje alcanzaba su fin. Caminó. El pasadizo se volvía angosto y él se encorvaba cada vez más. El estrépito de las jóvenes voces colmaban el trayecto y se quedaban habitando como un eco seco dentro de su cabeza. El pasaje volvió a abrirse ahora en una bóveda de mármol: el terreno era un pedregal de donde surgían, como de las entrañas de la Tierra, inmensas columnas, de piedra labrada por las manos de Dédalo, con la voluntad de tocar el cielo: unas quebradas y otras caídas en el intento.

En la base de un pilar estaba una muchacha sentada, su rostro lo cubría una melena de oro enredada. Diácono se inclinó y le quitó el cabello de la frente. “Ya he rogado a Zeus. Lo he hecho”, dijo ella con ojos diáfanos y suplicantes. “¿Dónde están Acacia y Dion? Hijos de Aretia… y míos”. Ella negó con la cabeza y volvió a hundir su cabeza en el espanto. Pasaban corriendo hombres y mujeres, algunos desnudos, otros en harapos.

El espectáculo que formaban aquellas almas griegas se vio interrumpido por un rugido que sembró el silencio. Las almas mozas que corrían se arrodillaron al instante con los brazos en los oídos. Diácono dejó caer su toga y devoró todo lo que había en el fardel. Corrió hacia un pequeño cuarto que brillaba intermitente por el fuego que ardía adentro. A tres metros de distancia, detrás del fuego, una bestia con cuerpo de hombre permanecía quieto, digiriendo la anquilosada pureza de la chica desmembrada que yacía en el suelo. Lo rodearon los brazos delgados de Dion y Acacia y el pecho de Diácono los estrechó. “Ni el fuego puede matarlo padre”, dijo su pálido y cansado primogénito. Acacia advertía algo mágico en el silencio de su padre.

Bastó un segundo de distracción para que el toro de Creta ya estuviera frente al trío. El hálito del minotauro fue lo primero que asedió la naturaleza de Diácono. Dion flaqueó, se desplomaba pero su padre lo sostuvo. Los ojos negros, gigantes y saltones del guardia de Minos se clavaban en los de Diácono, éste abrió la boca lo más que pudo y surgió un brillo rojo que cegó a la criatura bicorne. El carmín le arrancaba las sombras a la bóveda como lo haría el Sol, el monstruo sacudía las manos y la cabeza al aire para quitarse el rojo que se clavó en sus pupilas. Diácono daba pasos hacia atrás mientras miles de cocuyos escapaban de su boca. El minotauro envestía paredes y pilares, corría de aquí a allá rugiendo y dando cornadas al aire de color sangre. Todos los vírgenes permanecían ahí parados, sin ser vistos por la cabeza del toro que sólo perseguía el rojo del que eran víctima sus ojos. Los que traían ropas rojas las arrojaban al suelo y el minotauro estrellaba de inmediato su gran cabeza contra el vestuario vacío.

Diácono les habló a Acacia y Dion sobre encontrar a Teseo y seguir el hilo que aprisiona sus manos. Diácono se quitó las ropas y su cuerpo brillaba de rojo como Ares: “Amen a Pan como me aman a mí. Él los ha salvado.” Dion y Acacia dejaron a su padre y siguieron el hilo; éste los condujo de nuevo al desierto. La tormenta había desaparecido y en su lugar el cielo brillaba. Antes de partir a casa dejaron el anillo de Teseo en la estatua de arena que las tormentas levantaron. La efigie tenía en sus manos el otro extremo del hilo. La hija de Diácono y Aretia besó sus pies. “Ariadna de Creta”, fue lo que Acacia dejó escapar de sus labios.


POST-SCRIPTUM

No se tienen registros de haber visto jamás a Diácono de Atenas después de aquel desenlace. Dion y Acacia adoraron al dios Pan y le ofrendaron más que al mismo Zeus, razón por la que éste embriagó de amor hacia las ninfas al dios Pan y nunca más volvió a relacionarse con un mortal. Se dice que Diácono sigue escapando del minotauro en aquel laberinto. Condenado al tormento de vestir de rojo para que nunca lo pierda de vista la criatura bicorne…

6.10.08

El chico de amaranto

El chico de amaranto era un ser ornamental, el minuto de su creación fue el minuto más transparente e inútil. Dormía en los jardines y las flores lo bañaban de rocío. Cuando paseaba y la tarde encendía sus brazos aterciopelados, los viejos solían decir que el chico de amaranto venía de los tiempos donde los armarios aún guardaban monstruos en su interior; en épocas donde de algo valían los corazones que palpitaban fuera del pecho. Una bruja tenía la carta del chico de amaranto: con los ojos del color del agua del Ganges, el pecho magro y desnudo y las manos blancas guardando el tacto de virgenes y sedas; bajo la carpa, el prestidigitador atinaba al par cuando el chico de amaranto sonreía. Los demonios ancestrales son porvocados por aquel espíritu liviano que sólo sabe adornar el mundo.
De día el viento jugaba con su cabello como con las espigas del maíz y no había chica que no tuviera la boca entreabierta si el chico de amaranto bebía del bebedero. Todos buscan entre la ira y la poesía, todos giran en torno a la belleza confinada, que lo más cercano al chico de amaranto no son las bocas y los cuerpos: todos buscan en los cofres, tiran al suelo los listones de satén, buscan en la filtrada luz de la pureza del diamante, buscan en la risa que provocan a la amante, buscan en una caja de Pandora vacía, en las luciérnagas encerradas en el frasco de mayoneza y buscan en canciones para dormir niños. Su madre acomoda su flequillo, "mi chico que sólo adorna al mundo".

Hombres cansados de creer, dioses cansados de crear.

25.9.08

El brillo de venus









Mientras me servía más cerveza, pensaba en que debía ser la última para dar paso al ron. No estaba acompañado, me senté en la misma silla en la que había permanecido desde que llegué. Mientras tomaba la cerveza y seguía pensando en que seguiría el ron, pasó una mujer de la cual quedé enamorado inmediatamente. Ya me había enamorado cuatro veces en aquella ocasión: una me había dado una cachetada y se había indignada, con otra tuve sexo apasionado en lugares públicos por algunos meses; otra esperaba al hombre indicado para acostarse con él –además de compartir la eternidad– y la dejé; otra era ninfómana y me dejó. Aquellos tiempos fueron difíciles. Williamson decía: “El tiempo oxida los besos del pasado más rápido que la piel de una anciana”.
Esta nueva chica parecía ser la indicada para mí: tenía una blusa que dejaba al descubierto sus hombros apiñonados, huesudos, que se confundían con el color de los rizos quebrados que se acomodaban en su espalda –un pedazo de cabello fuera de lugar, fuera de sí–. Se levantó de la silla, sonreía con sus amigos con una vaso de cerveza en la mano derecha, y pensé en que yo podría matarme si acaso ella llegara a dejarme. Mis ojos se quedaron clavados en sus nalgas: si me dieran a elegir cómo morir, optaría por ser asfixiado por su trasero; tomé cerveza y miré su espalda, magníficamente contorneada. Su columna vertebral es un milagro, mira cómo provoca el arqueamiento en su espalda; además se deja ver, la condenada columna dibuja sus ondulaciones en la vertical de su figura. ¿Cómo un montón de calcio (ella) puede rasgar la miserable tela de la existencia y revelar un mundo desesperadamente bello?
Terminé la cerveza y fui por el ron. Antes de morir, Williamson dijo que “la bebida fuerte siempre trae buenos augurios”. La miré hablando con otro hombre. Éste tenía pinta de baterista, también hablaba con soltura, sabía lo que decía, seguro le hablaba de sus giras y de la fama: no bañarse todos los días, despeinarse, tener muchas mujeres y dejar después a todas por un único y verdadero amor: aquella que brilla entre la masa amorfa que llamada fans. Todo parecía apuntar a que mi nueva novia era aquel fenómeno brillante, una supernova, el big bang, el farol que alumbra al barco que naufraga, los espejitos que miraba el papa desde el avión, ¡Venus en junio!. Ella reía –Williamson apuntó alguna vez que “los celos son aquella risa que tú no provocaste”–, inclinaba la cabeza y ensombrecía aquellos hombros que yo mismo bauticé. Sentado los miraba. Terminé el trago. Odio a los bateristas, pegándole a sus tambores hasta la madrugada mientras menean la cabeza de arriba a abajo con ferocidad, como golpeando al violador de su madre o a algún insurgente. También podría ser un literato, hablando de que él cree que de un momento a otro se encontrará con la locura o que se siente identificado con Rambaud; que es bastante raro y está triste todo el tiempo porque qué caso tiene nacer y después morirse. Ella quedará embelesada porque, como Williamson dijo con verdad en un brindis: “las mujeres como ella no están tristes, son tristes”. Me acerco a los dos. Me hago pendejo. Él le explica a ella el significado de la piedra que tiene en su collar de cuero, algo olmeca. Mierda, las minorías saben demasiado, se defienden de la represión social sabiendo, hablando y hablando y haciendo reír y explicando con erudición gitana sobre sus colgajos: “Mira, este signito aquí quiere decir que el Sol te protege de la mala vibra” ¡Qué vibra! ¡¿Desde cuándo le importa al puto Sol la vibra?!
Ella se echa el cabello en la espalda. El cuello descubierto, largo. Se revela su escote de la misma forma en que deben revelarse todas las cosas que no pertenecen a este mundo. Sus senos son exactos (como son exactas todas las cosas que no pertenecen a…).
Me voy de ahí y me siento en la misma silla en la que he estado sentado toda la noche. Me han vencido los olmecas, pueblo legendario, guerrero, extinto, muerto. Miro mi vaso de ron y pienso en aquellas cabezas gigantes.
Esa noche bebí demasiado, hice amigos y hablé con una gorda emo que quería besarme. Lucía de más su pecho escotado para que yo admirara sus enormes pechos. Los miraba con asombro, parecía que había dos hombrecillos detrás inflando aquellos globos cada vez que inhalaba. Tenía que alejar mi mano cada vez que se inflaban para que su regazo no devorara mi vaso con ron. Era sumamente risueña. Después de dar una gran carcajada con un pésimo chiste mío, su rostro se volvió serio y me besó. Terminamos de besarnos; me sentí ebrio y acabado. Miré hacia mi silla y vi que estaba ocupada. Williamson decía que “cuando un hombre ya no tenía caminos debía inventarse uno y recorrerlo”. Entonces me dirigí a la salida para largarme. Maldita gorda, malditos bateristas y literatos; al diablo también con los pintores.
Al salir respiré el aire de la noche, brindé con los astros, me tambalee. Ella estaba sentada en la banqueta, llorando. Una escena cliché: el perdedor se encuentra a la chica en pena para salvarla. Me dirigí a ella oscilante y me senté. Tenía la cara entre las rodillillas y sus brazos abrazaban sus espinillas. No podía dejar de mirar sus hombros, el blanco hueco de su axila que llegaba hasta el menudo comienzo de su pecho izquierdo. Recordé cuánto la amé hace unas horas. Le hablé:
–Williamson decía que “la vida es una mujer llorando”.
Ella levantó la cara y me miró.
–No me gusta la gente que se alegra del dolor ajeno.
–Oh no, no, no, también decía que con esa frase “no pretendía alegrarse del dolor ajeno”.
Me miró extrañada.
–¡¿Qué dice ese Williamson de los patanes?!
–Que “generalmente son bateristas o escritores”.
–Es ingeniero.
–¡Ah! Ingeniero, son los peores.
–¿Por qué?
–Bueno, para empezar practican la ingeniería eh. (–Bueno, para empezar te deseo tanto que consentiría alegrado en que me devoraras después de haber tenido sexo conmigo).
Comenzó de nuevo a llorar y se recargó en mí. Sí señor, su cuerpo necesita del mío, ahí, en aquella noche sin nubes llena de esperanzas y perfume. ¡Mira cómo el martillo de mi encanto rompe tus cabezotas olmecas cabrón! No supe qué hacer, la abracé, respiré el olor que venía de su cabello, de su boca, de sus ojos, de sus senos, de su ombligo. Sentí que su brazo me tocaba la boca, su rostro se refugiaba en mi cuello, su aliento sollozante templaba mi nívea y corrupta epidermis. Vomité encima de ella.
Williamson decía que “Dios siempre se aleja porque el hombre ensucia todo lo divino”. Ahí estaba ella: parándose incrédula, alejándose…mi obra de arte ahora estaba cubierta de lágrimas y vómito. Yo trataba de hablar pero cuando abría la boca me salía una bocanada de ron-cerveza-papitas-saliva-de-emo que la luz de la luna no tardó en poner en evidencia en el asfalto. Ella se alejaba, asqueada, gritando, llorando. Yo trataba de levantarme pero no podía, quería alcanzarla con las manos pero mis zapatos se resbalaban con el vómito y volvía a caer. Desapareció. Yo quedé rendido ahí. Mirando al cielo sin pensar nada.

12.9.08

La caverna

Están las palabras, que se dicen y se condensan en las nubes
Caen en forma de lluvia helada,
y duelen más que nieve en la cara.

Está la risa, que puede ser lo único vivido de tu vida
Que resuena con ecos milenarios
Atrapados en las cavernas de la historia de la Humanidad.

Están los pensamientos: esos demonios apareándose con las brujas,
Todo lo que se piensa es verdad, todo lo que se dice es mentira.
Están los pensamientos, que no sirven de nada para el mundo de los que hablan.

Está la vida que le vale si yo la vivo
Que no siente cuando la violo ni suspira cuando la abrazo,
Está la vida que se basta a sí misma y que yo la viva no es su fin.

Vann

1.9.08

D 56

Una historia de páginas mojadas y rotas, aun así no deja de ser contada, las risas en la reunión de humo de mal tabaco, el estómago vacío y los sueños a flor de piel, un mundo abierto para devorarlo y la boca del lobo para devorarte. Los pasos cansados pero van a prisa como si una pistola presionara la nuca, los dientes apretados, con el miedo marcando sus huellas digitales en tu cuello. La cena ya sólo son moronas y mientras se termina el Rioja, te susurran al odio las palabras mágicas que abren los cielos y asesinan primogénitos, te hablan en el mismo idioma que el aire entiende, el mismo que borra las palabras y se las lleva al huracán que se colma de cosas y corazones marineros. La noche borra las sombras del parque y rompe los preservativos como si el diablo hubiera ganado una partida más de naipes.