El chico de amaranto era un ser ornamental, el minuto de su creación fue el minuto más transparente e inútil. Dormía en los jardines y las flores lo bañaban de rocío. Cuando paseaba y la tarde encendía sus brazos aterciopelados, los viejos solían decir que el chico de amaranto venía de los tiempos donde los armarios aún guardaban monstruos en su interior; en épocas donde de algo valían los corazones que palpitaban fuera del pecho. Una bruja tenía la carta del chico de amaranto: con los ojos del color del agua del Ganges, el pecho magro y desnudo y las manos blancas guardando el tacto de virgenes y sedas; bajo la carpa, el prestidigitador atinaba al par cuando el chico de amaranto sonreía. Los demonios ancestrales son porvocados por aquel espíritu liviano que sólo sabe adornar el mundo.
De día el viento jugaba con su cabello como con las espigas del maíz y no había chica que no tuviera la boca entreabierta si el chico de amaranto bebía del bebedero. Todos buscan entre la ira y la poesía, todos giran en torno a la belleza confinada, que lo más cercano al chico de amaranto no son las bocas y los cuerpos: todos buscan en los cofres, tiran al suelo los listones de satén, buscan en la filtrada luz de la pureza del diamante, buscan en la risa que provocan a la amante, buscan en una caja de Pandora vacía, en las luciérnagas encerradas en el frasco de mayoneza y buscan en canciones para dormir niños. Su madre acomoda su flequillo, "mi chico que sólo adorna al mundo".
Hombres cansados de creer, dioses cansados de crear.
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