7.8.09
14.5.09
Bestiario II. Bunyips

El relato fantástico no ha logrado darle su justo lugar. El saber acerca del Bunyips abunda en el sesgo y la inconsistencia debido a que éste devora a todo humano o animal que pasa cerca de él. Hasta hace poco tiempo fue casi imposible tener un testimonio. A mediados del siglo pasado, el apasionado biólogo irlandés Halan Wostl convivió por más de cuatro años con los aborígenes australianos –Australia es la habitación única de los Bunyips– donde afirma haber visto en la lejanía a esta criatura descansando en un pantano en la provincia de Darwin. Aquí citamos una síntesis entre el testimonio aborigen y la narración científica. “El Bunyips o también llamado Wowee Wowee habita en ciénagas; su cola se asemeja a la del pez y el pico es como el de los emúes. Varían de tamaño según el lugar y la estación del año: su dimensión oscila entre la de una gran tortuga o el de un elefante del Asia”, escribió Wostl en su bitácora. Los decesos de aborígenes u hombres blancos en la actualidad son atribuidos a la voracidad de los cocodrilos, alegando que toda palabra sobre el Bunyips es mera ficción de los pueblos primitivos. La academia de Oxford niega toda certeza científica en los estudios de Halan Wolts en Australia.
Fotografía: Tomada por Halan Wolts en uno de sus recorridos nocturnos por los pantanos de Australia.
10.5.09
Bestiario I. Doppelgänger

Invisible para la mayoría de los seres humanos, aunque podemos sugerir su existencia por circunstancias especiales: Los registros atribuyen su aparición de manera espontánea y fugaz en la mitad de los largos viajes de caravanas de beduinos, y otros tantos los conocen descritos en la agonía de alpinistas en los Himalayas. Todos tenemos un Doppelgänger o un doble. Aunque su afirmación es cuestionable, Flavio (Magia magna, III) asegura que si observamos con detenimiento nuestro reflejo en el río, aparecerá nuestro doble mirando las mismas aguas detrás de nuestro hombro.
20.4.09
PROUST Y RELOJES
Ella camina con la mirada clavada en el asfalto, con un vestido dispuesto para los ratos de sol. Él camina con las manos en las bolsas, inmiscuido en un pensamiento que no es suyo mientras una parvada revolotea en la acera. Desaparecen las aves. La chica pasa de largo y el chico la mira. La genética, que baila al ritmo oculto de la vida, y el puñado de sangre que agita al corazón convergen para hacer chica-chico en un instante que pudo nunca existir.
ÉL piensa que Proust es el único que ha podido describir lo que hace el tiempo con el ser humano; ella piensa que un reloj lo hace mejor. Al final vale más la risa y el último trago de licor que descansa en el fondo del vaso. Para la salida en la noche, las hadas retozan en el cabello sedoso de ella y el misterio de la noche envidia la mirada que hay en él.

La plática del bar entre amigos se adereza con el secreto roce de la piel entre chica-chico. La luz del sol está por dispersar la noche y aquellas almas, que ya no reparan en los aguaceros y los peligros que figuran los leones, aún hacen de los arrumacos la excusa para compartir la cama una vez más. Un mundo que encontró su medida en los globos, conciertos desconocidos y garabatos en las servilletas; cocinando las galletas que nadie comería, las faldas y camisas en el suelo, los gemidos disonantes mientras termina el documental de Bergman, libros subrayados y el sueño profundo y compartido en medio de la ópera.
Las fotografías del collage que cuelga en la pared envejecen como el día y el cansancio mengua la risa estúpida y las flores que rellenan el florero. Las montañas más robustas se han vuelto ríos y éstos son los arroyos que vemos secarse. Las papas fritas ya no se acaban antes de terminar la película, es poco interesante la innata sencillez de él y ya no tiene la atención de él los dibujos que ella ha hecho de la nada en el papel; los paseos por la ciudad sin las manos amarradas vuelven a chico-chica en chico y chica. Ella se aleja con la mirada clavada en el asfalto y él camina por el lado opuesto con las manos en las bolsas del pantalón.
[Ilustración. Cecilia]
ÉL piensa que Proust es el único que ha podido describir lo que hace el tiempo con el ser humano; ella piensa que un reloj lo hace mejor. Al final vale más la risa y el último trago de licor que descansa en el fondo del vaso. Para la salida en la noche, las hadas retozan en el cabello sedoso de ella y el misterio de la noche envidia la mirada que hay en él.

La plática del bar entre amigos se adereza con el secreto roce de la piel entre chica-chico. La luz del sol está por dispersar la noche y aquellas almas, que ya no reparan en los aguaceros y los peligros que figuran los leones, aún hacen de los arrumacos la excusa para compartir la cama una vez más. Un mundo que encontró su medida en los globos, conciertos desconocidos y garabatos en las servilletas; cocinando las galletas que nadie comería, las faldas y camisas en el suelo, los gemidos disonantes mientras termina el documental de Bergman, libros subrayados y el sueño profundo y compartido en medio de la ópera.
Las fotografías del collage que cuelga en la pared envejecen como el día y el cansancio mengua la risa estúpida y las flores que rellenan el florero. Las montañas más robustas se han vuelto ríos y éstos son los arroyos que vemos secarse. Las papas fritas ya no se acaban antes de terminar la película, es poco interesante la innata sencillez de él y ya no tiene la atención de él los dibujos que ella ha hecho de la nada en el papel; los paseos por la ciudad sin las manos amarradas vuelven a chico-chica en chico y chica. Ella se aleja con la mirada clavada en el asfalto y él camina por el lado opuesto con las manos en las bolsas del pantalón.
[Ilustración. Cecilia]
26.2.09
Federico Álvarez. 1999.
A pesar de que todo el horizonte esté tapizado por el verde, el azul, y los granos de arena sean infinitos; a pesar de la risa humana, a pesar del abrazo y de que afuera haya miles de millones de posibiliades con las cuales poder contar. A pesar de que podría ver incontables veces volar las hojas secas, aguantar más de un minuto la respiración, a pesar de Brahms, de los solsticios, de que podría romper todas las reglas; a pesar de que podré sentarme rodeado de amigos en el parque o que un hijo encantador venga corriendo a mí envuelto en una carcajada. A pesar de eso hoy decido morirme.
Esta carta fue encontrada por la policía de Bogota minutos después de que Federico, de 23 años, haya llamado a la policía para informar su próximo deceso. "Cuando lleguen ya estaré muerto. Pero no quiero apestar el lugar", fueron sus últimas palabras –dichas a una grabadora en la central de policía. Tardaron en contestarle.
La causa de su fatal decisión fue "una garn depresión", dijeron sus padres y su psiquiatra, Alejandro Rico.
Esta carta fue encontrada por la policía de Bogota minutos después de que Federico, de 23 años, haya llamado a la policía para informar su próximo deceso. "Cuando lleguen ya estaré muerto. Pero no quiero apestar el lugar", fueron sus últimas palabras –dichas a una grabadora en la central de policía. Tardaron en contestarle.
La causa de su fatal decisión fue "una garn depresión", dijeron sus padres y su psiquiatra, Alejandro Rico.
19.2.09
Lápiz sobre papel: "Joven sentada en un segundo escalón"
Abandonó el pueblo. Se llevó en una libreta los billetes que fueron el alimento de una minúscula fogata la primera noche en el bosque. La vereda del bosque, como el mismo deseo, le hizo dar vueltas en el mismo punto. La percepción es un chiste. El segundo fuego de la segunda noche consumió la libreta y la tinta de poesía barata que la abordó. Habrá que pensar en algo para no encender fuego por tercera vez. El siguiente día fue de nuevo cómplice de las desventajas que trae el espacio abierto. El tercer fuego era débil como sus piernas. Tomó la imagen de la joven sentada en un segundo escalón que él mismo dibujó: El fuego la devoró y se apagó. La humareda se esparcía entre los árboles y el cielo.
3.12.08
La vida en menos de 5 líneas II
Miré el periódico: decapitados, algunas violaciones, silicona en las actrices, el conductor ebrio mata al paseante y un hombre pierde la vida al salvar a un perro callejero apunto de ser atropellado. Cerré el periódico y sólo podía pensar en que existía la bondad humana.
30.10.08
¡Qué estúpida mi bandera!
El flujo vital ahora se postra en el mat y se evapora en la tranquilidad de la meditación. Soy un alma tolerante que deambula en nubes con querubines regordetes que ríen entre su inmensa bondad. Animaciones en el chat, altos y corpulentos los brazos del gimnasio, la figura de la sílfide que recorre la selva pavimentada. Lo bello deshace al contemplador. Morir es más vital que nacer: se puede desear morir pero no desear nacer.
Me odio porque he hecho de la sensibilidad un templo al orgasmo, al sueño reparador y a la tranquilidad del sillón; al agua después del deporte y mi piel es una tabla rellenada y tachada de cantidades. Le he taladrado los omóplatos a lo sensible para ponerle unas alas. En verdad lo he hecho.
Vann
Me odio porque he hecho de la sensibilidad un templo al orgasmo, al sueño reparador y a la tranquilidad del sillón; al agua después del deporte y mi piel es una tabla rellenada y tachada de cantidades. Le he taladrado los omóplatos a lo sensible para ponerle unas alas. En verdad lo he hecho.
Vann
15.10.08
Las luciérnagas de Diácono

Entonces, el dios Pan le habló así a Diácono el campesino:
“Tantos mortales dotados de valentía no hay, y lo que pides no te lo puedo regalar. Te diré un secreto que incluye un menor reto, mas con el conocimiento de aquel, tu destino yo para siempre me lo quedo. Lo que hay en el dios es capricho, así que cada vida requiere un tormento.”
Sabía que ésta sería la última de las caídas. Permaneció boca abajo, con los codos enterrados y mirando fijamente las crueles arenas. Levantó la vista, como suplicándole a su espada que se entierre en su inmundo pecho. Fueron unos segundos de compasión los que la tormenta le regaló a Diácono; corrió hacia la caverna y quedó tendido, en la misma tranquilidad en la que está todo lo inhóspito. Tomó aliento como un recién nacido y su espíritu sonrió.
Diácono no recordaba el tiempo que había pasado de haber caminado por la caverna, su rostro traspasaba a cada paso las tinieblas alimentadas del alarido de los vencejos. De improviso se encendieron miles de puntos verdosos. Diácono tomó cada punto apenas resplandecía. Se había vuelto entretenido guardar luciérnagas hasta que olió el cabello de Acacia y miró los hoyuelos que se asoman en la sonrisa de Dion. Por primera vez se sintió perdido desde que había escapado de la tormenta. Se recargó en la pared y miró una línea cuya finura se extendía por el camino. Tomó el hilo tenso y lo siguió. El ambiente se bañaba de humedad y la roca parecía soltar gemidos vacíos. Se estremeció y acarició el mango de su espada.
Una línea de luz iluminaba una cámara enorme, el sol delineaba las grietas de la roca y encendía cada grano de arena haciendo del suelo un mar de diamantes. El hilo había perdido su tensión y descansaba en el suelo como una serpiente quieta. Diácono permanecía de pie con espada en mano junto a un cuerpo desmembrado y roído por el tiempo. El final del hilo estaba amarrado en el dedo índice del desafortunado. Diácono dejó escapar un gemido y colocó dos corrientes piedras en aquellos ojos nublados. “El griego Teseo”, fue lo que Diácono dejó escapar de sus labios.
Se sentó en una roca y saco un frasco de pintura roja. Pintó con delicadeza el cuerpo de los bichillos que aguardaban en su fardel. Su atención fue interrumpida por alaridos que viajaban por un camino. Comprendó que su viaje alcanzaba su fin. Caminó. El pasadizo se volvía angosto y él se encorvaba cada vez más. El estrépito de las jóvenes voces colmaban el trayecto y se quedaban habitando como un eco seco dentro de su cabeza. El pasaje volvió a abrirse ahora en una bóveda de mármol: el terreno era un pedregal de donde surgían, como de las entrañas de la Tierra, inmensas columnas, de piedra labrada por las manos de Dédalo, con la voluntad de tocar el cielo: unas quebradas y otras caídas en el intento.
En la base de un pilar estaba una muchacha sentada, su rostro lo cubría una melena de oro enredada. Diácono se inclinó y le quitó el cabello de la frente. “Ya he rogado a Zeus. Lo he hecho”, dijo ella con ojos diáfanos y suplicantes. “¿Dónde están Acacia y Dion? Hijos de Aretia… y míos”. Ella negó con la cabeza y volvió a hundir su cabeza en el espanto. Pasaban corriendo hombres y mujeres, algunos desnudos, otros en harapos.
El espectáculo que formaban aquellas almas griegas se vio interrumpido por un rugido que sembró el silencio. Las almas mozas que corrían se arrodillaron al instante con los brazos en los oídos. Diácono dejó caer su toga y devoró todo lo que había en el fardel. Corrió hacia un pequeño cuarto que brillaba intermitente por el fuego que ardía adentro. A tres metros de distancia, detrás del fuego, una bestia con cuerpo de hombre permanecía quieto, digiriendo la anquilosada pureza de la chica desmembrada que yacía en el suelo. Lo rodearon los brazos delgados de Dion y Acacia y el pecho de Diácono los estrechó. “Ni el fuego puede matarlo padre”, dijo su pálido y cansado primogénito. Acacia advertía algo mágico en el silencio de su padre.
Bastó un segundo de distracción para que el toro de Creta ya estuviera frente al trío. El hálito del minotauro fue lo primero que asedió la naturaleza de Diácono. Dion flaqueó, se desplomaba pero su padre lo sostuvo. Los ojos negros, gigantes y saltones del guardia de Minos se clavaban en los de Diácono, éste abrió la boca lo más que pudo y surgió un brillo rojo que cegó a la criatura bicorne. El carmín le arrancaba las sombras a la bóveda como lo haría el Sol, el monstruo sacudía las manos y la cabeza al aire para quitarse el rojo que se clavó en sus pupilas. Diácono daba pasos hacia atrás mientras miles de cocuyos escapaban de su boca. El minotauro envestía paredes y pilares, corría de aquí a allá rugiendo y dando cornadas al aire de color sangre. Todos los vírgenes permanecían ahí parados, sin ser vistos por la cabeza del toro que sólo perseguía el rojo del que eran víctima sus ojos. Los que traían ropas rojas las arrojaban al suelo y el minotauro estrellaba de inmediato su gran cabeza contra el vestuario vacío.
Diácono les habló a Acacia y Dion sobre encontrar a Teseo y seguir el hilo que aprisiona sus manos. Diácono se quitó las ropas y su cuerpo brillaba de rojo como Ares: “Amen a Pan como me aman a mí. Él los ha salvado.” Dion y Acacia dejaron a su padre y siguieron el hilo; éste los condujo de nuevo al desierto. La tormenta había desaparecido y en su lugar el cielo brillaba. Antes de partir a casa dejaron el anillo de Teseo en la estatua de arena que las tormentas levantaron. La efigie tenía en sus manos el otro extremo del hilo. La hija de Diácono y Aretia besó sus pies. “Ariadna de Creta”, fue lo que Acacia dejó escapar de sus labios.
POST-SCRIPTUM
No se tienen registros de haber visto jamás a Diácono de Atenas después de aquel desenlace. Dion y Acacia adoraron al dios Pan y le ofrendaron más que al mismo Zeus, razón por la que éste embriagó de amor hacia las ninfas al dios Pan y nunca más volvió a relacionarse con un mortal. Se dice que Diácono sigue escapando del minotauro en aquel laberinto. Condenado al tormento de vestir de rojo para que nunca lo pierda de vista la criatura bicorne…
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